Después de una cena entre amigos, una rica plática, ¿y por qué no? Una película. La que sea. El chiste es compartir el momento.
Éramos seis. Casa de una de las mencionadas amigas. Casi las once de la noche y comenzaba la "función de medianoche" en un canal local. Poco a poco se fueron yendo a los cuartos designados, desertando, sin darme cuenta, hasta quedar sola con él.
Quería ver la película. No recuerdo el título, pero sí que sabía cosas de la misma. Él preguntaba y yo contestaba, divertida.
Nunca hubo malicia de mi parte. Además, ¿qué puede resultar más inocente que ver la televisión con un amigo al que sólo has visto como tal?
La película siguió. Los dos en el mismo sillón. La sala a obscuras, sólo la luz intermitente de la pantalla. En algún momento uno de mis amigos decidió regresar a su casa. Y mientras él salía, una ráfaga de aire entró en la sala. "Hace frío", dije, y más tardé en decirlo que él en agarrar una frazada y ponérnosla encima, quedando los dos arrebujados bajo la tela. Sonreí.
Supongo que la película dejó de interesarme en algún momento porque acomodé mis almohadas, y dejé de hablar y comencé cerrar los ojos. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? No lo sé. Tal vez un par de minutos, tal vez media hora.
Hasta que me despertó una sensación que no esperaba: el ligero roce de unos dedos dibujando sobre mi piel.
Estaba recostada sobre su pecho. ¿Cómo pasó eso? Lo ignoro. Tampoco sé si él se dio cuenta en ese momento que había dejado de estar adormilada, y que mi cuerpo había comenzado a tensarse ligeramente, alerta a cada uno de sus movimientos.
Un ir y bajar, suave; círculos, casi imperceptibles. Pero podía sentir a la perfección cada uno de mis vellos erizados por el roce. Mi brazo se convirtió en lienzo.
Dejé escapar un suspiro, él se detuvo. Me incorporé con un "perdón, me quedé dormida sobre ti", a lo que él respondió con esa sonrisa tan suya, e incorporándose a su vez, nos besamos.
Esos besos que rara vez se dan, en el instante preciso, en perfecta sincronía. Dos que dejan de respirar un segundo, y sin que ni uno antes, ni otro después reaccione, lo hacen: se funden en un contacto, que sin saberlo, había sido esperado.
Y qué beso más dulce. Las bocas apenas abiertas, dos pares de labios perfectos, tersos, carnosos uniéndose, suavemente, sin prisa. De esos besos en los que tienes alertas todos los sentidos: puedes sentir las palpitaciones, el ritmo de la respiración, la humedad exacta. Un beso cómplice. Tan cómplice y perfecto que es breve, preciso.
Al finalizar ese primer beso, nos vimos a los ojos y sonreímos. Acarició mi rostro, haciendo a un lado mi cabello. Me tomó del cuello con esa fuerza que sólo un hombre puede poner en las manos y en los brazos para asir a una mujer, y me volvió a besar.
¿Cómo explicar cuando te pierdes en el otro, cuando dos bocas que se buscan, ávidas, después de nunca tenerse, celebran el recién haberse encontrado con lo que mejor pueden hacer?
Hacíamos breves pausas, en las que ambos comenzamos a reconocernos con las manos, delineando el contorno de los ojos, de los pómulos, y los labios aún húmedos. Más besos. Más. Uno tras otro cambiando de intensidad, de lado, de sabor. Una mordida, un leve jugueteo con la lengua en el paladar, otra mordida.Y entre beso y beso los cuerpos comenzaron a contorsionarse, yo sobre él, sentada a horcajadas y él aferrado a las caderas.
Dos besos, tres, diez y él sobre mí, y los labios habían comenzado a explorar mi cuello y mis manos su espalda. Su espalda. Un ligero rasguño y los besos se volvieron más violentos y el vaivén de las caderas era inevitable. Las ropas permanecieron siempre en su lugar. La impaciente violencia del sexo se sació únicamente a través de nuestras bocas, hasta el cansancio, hasta el delirio.
Un ruido. La televisión. Nos incorporamos. Nunca supimos cuándo había terminado la película. Era ya muy entrada la madrugada. Volvía a hacer frío.
Cada quién se fue a su habitación, después de un último beso. Breve, tierno. Me metí a la cama oliendo a él.
Nunca más se ha vuelto a repetir esa noche. Salimos nuevamente con los amigos, quienes nunca supieron nada. Seguimos siendo amigos, pero jamás le he dicho que guardé la blusa que quedó impregnada con su aroma, ni que de vez en cuando mi boca reclama el recuerdo de la suya.
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Seduce.
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